Me gustaría decir que mi historia como enamorado del cine comenzó un día en que iba paseando por la calle 23, me detuve en la cinemateca y al entrar, me encontré con El Espejo, de Tarkosvky (nunca sé donde van la S y la V ) y ahí mi vida cambió para siempre, pero no es así.
Luego de pasar una niñez viendo –nunca hasta la saciedad- todo Cantinflas, pasé mi adolescencia disfrutando las películas de Golam-Globus, aquella productora que hizo clásicos serie B en los 80s con Charles Bronson o Chuk Norris. Aquellas películas pasaban de mano en mano en cintas Betamax . Así vi mis primeros pornos, copias de 8va generación en las que muchas veces el chocho de Ginger Lynn, era una simple mancha negra.
Por aquella época, cada vez que alguien me preguntaba cuales eran mis películas favoritas, mi respuesta era siempre la misma: Las de Mafia. Era sincero. Mentía cuando me preguntaban que quería ser de grande y respondía que Marinero, cuando en realidad quería ser Mafioso, Capo di tutti Capi. Había visto “El Padrino” en la tanda del Domingo, aquel programa que conducía Mario Rodríguez Alemán y desde entonces colocaba mis dedos en la sien como Michael Corleone y ningún piropo femenino me halagaba más que cuando decían me parecía a Al Pacino, porque he de confesar que hasta me peinaba como el hijo de Vito. Hace poco, en un documental dedicado a Mario Puzo, me enteré que incluso, los propios Gangsters, comenzaron a vestirse y a actuar con la clase de Los Corleone, porque hasta ese momento, distaban bastante de esa imagen. De modo que no fui el único seducido por el universo criminal del cine.
OMERTA, mi película (que nada tiene que ver con la novela homónima de Puzo, de cuya existencia me enteré viendo el referido documental), es un homenaje a esas películas, una criollización del “cine de mafia”.
Como se sabe, en Cuba radicó Meyer Lansky desde los 40s a los 50s y alrededor de él, se movían célebres gangsters . Un hecho curioso, la reunión que convocara Lansky -a pedido y con la presencia en La Habana de Lucky Luciano- de todos los capos mafiosos de Estados Unidos, sirvió como plataforma para mi primer guión cinematográfico vinculado al tema, Emporio Habana, en el cual se ha interesado algún que otro productor, pero que siempre termina abandonando por lo extremadamente costoso que resulta.
Viendo lo complicado que resultaba levantar un proyecto de tal magnitud e interesado aún por el tema, decidí escribir una “historia barata con tufo gangsteril”, con la cual quitarme la picazón y salió OMERTA, cuyo primer borrador terminé en apenas 15 días.
Con esa primera versión, que es casi la actual, me fui al Instituto de Cine Cubano (ICAIC) y su comité de evaluación lo rechazó, tal como hizo con otros tantos que presentara antes, sin darme argumento alguno, pero supuse que si argumentos pedía, la respuesta a recibir sería algo así como “Ese cine es para los americanos”. Finalmente, Omerta quedó engavetada por tres años.
Llevaba unos 5 años compitiendo en el concurso de guión Inédito del Festival de Cine de La Habana. Con Emporio Habana, recibí buenos elogios por parte de Guillermo Arriaga, que era el presidente del jurado el año en que este compitió, pero mi guión quedó en segundo lugar, perdiendo así la posibilidad de obtener el dinero que da TVE al ganador y el necesario arranque de un film.
Años después seguí mi rutina de competir año tras año. Ocurrió que en el 2005 no tenía guión listo para presentar, acudí a la gaveta y desempolvé Omerta, resultando ganador. Justo cuando competí sin esperanzas. Recuerdo lo mixto del jurado. Lo presidía Fernando Castets, el guionista de El Hijo de la Novia y entre otros lo integraba el fallecido Juan Pablo Rebella (Siempre me pregunté como esos dos se pusieron de acuerdo).
Ese premio le abrió el camino a OMERTA, pues TVE daba una buena cantidad de dinero para la producción y no demoramos en levantarlo desde el ICAIC, donde ahora el guión era bien visto (aparentemente).
El rodaje comenzó en Noviembre de 2007 y duró 33 días. Hace más de un mes está lista para estrenarse y justo ahora estamos en los trámites de colarlo en algún festival trampolín, aunque debo confesar que me conformaría con que fuera una película bien recibida por el público Cubano. No creo que sea ese tipo de film latinoamericano bien visto por los grandes festivales. Veamos que ocurre. Si hay algo difícil de vaticinar es el destino de una película.
Lo cierto es que Omerta significa mucho para mi, porque me devolvió la fe. Algo que creía basura, se convirtió en muy buena materia prima; algo que parecía ser una causa perdida, a terminado por ser el producto del cual me siento mas orgulloso; el trabajo cuyo proceso más me ha divertido. Por lo que recomiendo echar mano a las gavetas. Quien sabe si en una vieja foto, una carta de alguien que ni recuerdas o un documento traspapelado está tu próximo paso en la vida.
Cecilia Crespo
Revista Cine Cubano
Pavel Giroud no deja de ser noticia… Parece no importarle otra cosa que el cine, pues no cesa en su empeño de crear. Regresó al plató luego del exitoso periplo de su multilaureada ópera prima, La edad de la peseta y de culminar el capítulo dedicado al jazz perteneciente a una serie de documentales sobre nuestro acervo musical. Recién culminó de rodar Omerta, el mismo proyecto que se alzó con el Coral al mejor guión inédito en la 27 edición del Festival de La Habana. El título resulta inquietante por su significado: pacto sagrado de silencio de la mafia siciliana, y fue utilizado por el afamado escritor italiano Mario Puzo en 1999 para designar la tercera parte de la saga del Padrino, publicada un año después de su muerte. Aunque resulten análogos en su denominación no guardan ninguna relación temática la Omerta de Pavel con la obra póstuma del novelista y, aunque huela a pura mafia, su principal objetivo no es no es el registrar las peripecias de los connotados personajes de la cosa nostra que poblaron la Habana de los cincuenta. En 33 llamados la película se filmó en formato digital de alta definición con una técnica muy similar a la utilizada en Madrigal, de Fernando Pérez. “Ya cumplí con La edad de la peseta el sueño de rodar en 35mm, ahora quiero aprovechar todas las virtudes de esta tecnología que será nueva para mí. Me gusta en cada cinta, además de enfrentarme a universos bien diferentes en el relato, toparme con nuevos rigores técnicos, son todos alicientes para la creación, comentó Pavel a Cinecubano cuando lo sorprendimos en los últimos momentos del rodaje. El elenco está encabezado por Manuel Porto y le acompañan Kike Quiñones y Yadier Fernández. Se encuentran además los actores españoles Teresa Calo y José Ramón Argoitía y varios actores jóvenes del patio que comparten escena con otros de más experimentados como Michaelis Cué, Mayra Mazorra, entre otros. Giroud está doblemente comprometido con su público por culpa de la tormenta mediática en la que estuvo sumido gracias a su anterior entrega, esperemos que sepa asumir este nuevo reto y librarlo con las soluciones a las que su talento nos tiene acostumbrado. Mientras esperamos los resultados debemos conformarnos con estas declaraciones que logramos arrancarle en la mismísima locación principal entre gritos de ¡corten! y ¡acción!, micrófonos y luces a algunos de los integrantes del staff de la cinta.
Conversando con el primer responsable
Comenzamos nuestro recorrido por Omertá de la mano de su director y guionista, o sea su principal responsable Pavel Giroud quien poco a poco respondió algunas de las interrogantes suscitadas por esta reportera mientras me mostraba algunas de las remodelaciones que le realizaron para la película al Palacio de los Matrimonios del Vedado en donde transcurre la mayor parte de la trama.
¿En que te inspiraste fundamentalmente para gestar el argumento?
La verdad es que no lo tengo aun muy claro. Usualmente comienzo a escribir el guión a partir de una estructura básica que voy madurando y cuando ya tengo un planteamiento bastante sólido y los principales giros dramáticos predeterminados, pero en este caso no fue así. Omerta parte de una idea índice, la de una mujer atada a una silla en su propia casa mientras tres hombres rompían el suelo en busca de un tesoro. En un inicio me interesaba contar la historia esta mujer y como premisa el hecho de que no hablara en todo el filme. Luego me interesó más uno de los otros personajes y focalicé la historia desde su punto de vista.
¿Cómo elegiste al protagonista?
La selección de actores no muy diferente a la que se hace en cada película, encontrar al adecuado. Tuve muy claro desde que terminé mis últimas versiones que Manuel Porto era el indicado para interpretar a mi protagonista, un antiguo guardaespaldas de gangster, que ahora, en la Cuba de los sesenta comienza a verse fuera de lugar y sin mucho que hacer, con el mundo a punto de caerle encima.
¿En que género cinematográfico podremos inscribir a Omerta?
Lo etiquetaría como un drama cargado de ironía, humor y una gran dosis de cine negro.
¿Cuánto hay del título en la cinta? ¿Por qué Omerta?
OMERTÀ es una palabra que tras muchas derivaciones terminó nombrando al código de silencio de la cosa nostra, uno de los tantos grupos mafiosos, este con su base de gestación en Sicilia. Mas que una ley es un pacto y quien lo incumpla, paga con la vida, como ha ocurrido en varias ocasiones. Omertá incluye insubordinaciones, traición y todo lo que se salga de lo estipulado por las familias. En la película, el término tiene una aplicación, que aún cargada de ironía soporta el peso de una trama que habla, entre otras cosas, sobre la dignidad humana. No puedo darte más datos sobre su presencia en el film, porque terminarìa contandote alguna que otra sorpresa dramática.
¿Qué puntos en contacto y diferencias estableces entre este nuevo proyecto y tus anteriores creaciones?
Con La edad de la peseta, bien poco, salvo el hecho de en esta también hay pocos personajes, sobre los que descansa el peso de la trama y encerrados mucho tiempo en una casa. Formalmente tendrá más que ver con mis primeros cortometrajes, una cámara más libre y un montaje mas dinámico, porque la historia lo pide a gritos.
¿A qué se debe esa predilección por las décadas del cincuenta y del sesenta en La Habana que evidencias en tus filmes?
No me canso de decir, que aunque me atrae el pasado y ser un nostálgico empedernido, son las historias las que me escogen a mí. Yo no escribí mi anterior filme, la modelo de los años 50 que aparece en Flash fue una sugerencia de Senel Paz, pues en mi primer borrador era simplemente una aparición y ubicar Omerta en los 60 fue sugerencia de varios lectores, porque en el borrador que ganó el premio en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, la historia era actual. Lo cierto es que en todos los casos ha salido beneficiado el relato con esta perspectiva nostálgica.
¿Qué te propones con esta nueva entrega?
Ante todo, divertirme. No disfruté plenamente el rodaje de mi anterior ficción porque sentí mucha presión. Ahora estoy más relajado y sin pensar demasiado en las consecuencias que me traería meter la pata. Siempre se dice que la segunda es la más difícil, pero esta casi es mi tercera, porque mi corto de Tres veces dos, me generó la presión de la primera vez, por lo que en La edad de la peseta asumí la precaución de la segunda, la difícil. Además, Omerta se supedita a un género en el que me siento más cómodo como espectador y realizador. Claro que me gustaría que me quedara bien, pero eso lo quiere todo el que filma. Es muy fácil errar en el cine. El límite entre el bien y el mal es tan estrecho y subjetivo que unas sutilezas pueden destruir el más planificado de los trabajos. Lo mejor que me ha pasado con este filme es que se esté haciendo, pues fue un guión que tras ser rechazado en una primera versión por el ICAIC y dormir dos o tres años en una gaveta sin yo tener mucha fe en él, resucitó como el ave Fénix, por lo que trataré de que no caiga en su intento de vuelo.
Tras las luces y las sombras de Omertá
La dirección de fotografía es una de los factores determinantes en cada película en la que todos sus componentes tienen que ir como las piezas de un reloj determinando cada uno el movimiento del otro. En esta ocasión y desde hace más de seis años Pavel apostó por Luis Najmías quién se alzó con el Coral de mejor fotografía en la 28 edición del Festival de la Habana por su trabajo en La Edad de la Peseta. La historia común de este fotógrafo con el director es demasiado larga como para anexarla a este reportaje. Desde que trabajaron juntos por primera vez casi no han podido separarse. A este artífice de la cámara lo pude atrapar en un instante en que se ausentó el fluido eléctrico en el set y aproveché para ir tras las especificidades de las luces y las sombras de la cinta.
“El tratamiento fotográfico de esta película es bien distinto a mi anterior trabajo. La concepción de La edad… era mucho más clásica que esta que siendo también un filme de época tiene un tratamiento más moderno En la anterior había muchos planos largos, dollys, la cámara muy fija con una precisión casi extrema y en este caso aparecen más las cámara en mano, hay mucha agresividad, por llamarlo de algún modo, sin perder la sensación de la época que se determina en la dirección de arte y de vestuario. La combinación de los colores del lugar con el tipo de luz que deseo emplear para que contribuyan al dispositivo visual de la película ha sido de gran importancia. He tratado de que cada locación tenga un color, un tono un contraste que los distinga de manera tal que, como casi siempre estamos en la casa, sea sencillo para el espectador darse cuenta de que salimos de esa locación.
Trabajar con Pavel…
Pavel y yo tenemos muchas cosas en común, somos ambos cinéfilos empedernidos y hasta compartimos los gustos cinematográficos. Es un realizador que tiene mucha seguridad de lo quiere hacer, tiene un mundo visual muy rico que me hace esforzarme y trabajar con mucha precisión. Lo mío es buscar la luz para la historia que quiere contar para que todo vaya en la misma dirección. Estoy muy satisfecho por como ha ido quedando todo y loco ver al menos un primer corte para apreciar el resultado.
Revivir una época
Trasladar el pasado mediante alegóricos objetos a determinados períodos de tiempo logrando una atmósfera coherente en la cinta es tarea del director de arte. Profesional encomendado junto al director de fotografía de componer la atmósfera, seleccionando aquellos elementos ambientales distintivos a fin de lograr cierto clima y verosimilitud. Es el encargado de concretar la línea artística y estética que se respira en el filme. Entre paredes verdes y rosadas y muebles recién restaurados encontré al experimentado Onelio Larralde, responsable de la concepción estética de Omerta. Con quien hacía tiempo quería trabajar Pavel y al decir del propio realizador “es la persona indicada según su cultura cinematográfica y sensibilidad para desempeñar esta labor en mi película”.
“Había una línea de trabajo impecable como mismo quería Pavel para ir en correspondencia con lo que predomina en la película. Omerta por ser un filme de época lleva una serie de objetos que encontramos en mal estado y tuvimos que reparar. Los elementos de los sets en la casa de Rolo Santos parten todo de una idea conceptual referente a los tonos dorados evocando al oro escondido. Se evidencian contrastes de colores oscuros y claros muy elementales. El diseño generalmente es muy minimal y la semiótica influye sobre todo al trabajar una línea circular en los objetos de la casa en correspondencia al ciclo de vida del protagonista, por lo que se llevó todo a círculos gracias a distintos elementos del diseño que dieron estas impresiones. La cinta pretende ser una superproducción en cuanto a imagen aunque en realidad contamos con un presupuesto medio pero logramos óptimamente los ambientes exteriores de las distintas épocas. La casa principal cambia en dos ocasiones de apariencia por lo que tuvimos que reciclar el mobiliario respetando siempre los códigos del cine negro. Rodar con Pavel fue muy fácil porque también es diseñador y ambos nos complementamos.
Vestir la escena
La presentación y composición exterior de los personajes de esta historia fue tarea del la diseñadora de vestuario Nanette García. Con ella indagamos sobre la imagen de estos actores. “’Desde que hicimos el primer trabajo de mesa en función de la concepción estética de la película me quedó muy claro que el vestuario iba a moverse por los códigos del cine negro, por lo que los azules, negros y grises aparecen con mayor fuerza. Inmediatamente el personaje de Silvana, la única mujer de la historia que transita en las tres épocas le propuse a Pavel que fuera la única que se saliera de esas gamas de colores fríos que marcara una pauta desde su vestimenta. Propuse que llevara colores cálidos y que como un punto de enlace coherente fuera todo el tiempo el mismo tejido, solo variándole el modelo según la época, lo que Pavel aprobó por lo que me sentí muy contenta. La tela es de un color mamey, muy llamativo que le permite expresarse por su ropa ya que es un personaje muy contenido que apenas habla durante toda le película.
Tuve que investigar sobre estas épocas porque no había nacido cuando aquello y estoy muy satisfecha por como ha salido todo. No es un a película compleja porque son pocos personajes y casi toso transcurre en una sola locación y la mayor parte del vestuario tuvo ser confeccionado para la ocasión por los requerimientos de la película.
De Porto a Rolo Santos
En una cinta de pocos personajes gran responsabilidad recae en su protagonista. Pavel siempre supo que Manuel Porto iba a ser Rolo Santos, lo que me acaba de confesar y con él concuerdo en que no podía ser otro el seleccionado.
Los actores le cuentan al público sus personajes actuando pero en exclusiva Porto comentó a los lectores de nuestra revista acerca de su personaje en la cinta.
“Rolo Santos tiene unos 60 años. Es un verdadero hombre de la mafia de aquellos tiempos y fue licenciado por la mafia debido a su edad. Acaba de triunfar la Revolución y se encuentra con este cambio bastante perdido porque se encuentra fuera de contexto completamente. No sabe a que se va a dedicar ni tampoco a que asirse. Creo que es un hombre que pudo haber existido perfectamente, es fiel a los amigos y cree ciegamente en su profesión y a la organización a la que pertenece con una serie de patrones que se incumple le cuesta la vida. El cambio social del cincuenta y nueve lo sacude aunque se le presenta una última oportunidad de su vida. Es un tipo valiente. Rolo con Porto se asemejan en la decisión de hacer las cosas y concordamos en ciertos conceptos filosóficos de la vida aunque nuestra ideología es bien diferente.”
¿Qué impresiones podría comentarme del rodaje y del equipo de trabajo?
Creo que hemos logrado una gran química, una empatía fenomenal en este pequeño grupo de actores y de técnicos. Pavel es muy talentoso e inteligente que no solamente manda si no oye, sabe escuchar y está abierto a sugerencias, No creo que sean muchos los equipos que logren lo que hemos logrado nosotros. Con Pavel se cumple aquello de que el talento no tiene edad al igual que con los jóvenes actores que hacen un trabajo muy serio y satisfactorio. Kike y Yadier teniendo dos personajes muy difíciles los supieron afrontar con dignidad, al igual que los intérpretes españoles. Es importante la retroalimentación que se logra cuando todo fluye. Lo más importante para mí en este tipo de trabajo es lograr un verdadero equipo y esto se ha logrado con creces.”
Antes de marcharme Pavel me da las conclusiones. “Nunca me había sentido tan bien rodando y lo mejor es que siento que a todos les pasa igual. Otra vez me pasa lo mismo que en mi anterior filme, paso mucho tiempo en una sola casa y rodeada de pocos personajes. Estamos en la casa del antiguo jefe de Rolo en la que hay un oro escondido del que el Rolo se quiere apropiar como última misión en su vida. El tesoro es muchas cosas, como el santo grial, es el crecimiento como ser humano, el darse cuenta de que envejecer no es el fin del mundo sino otro escalón. Trabajamos en otras locaciones como varias calles de la Habana y los alrededores del Hotel Nacional, lugar que tiene mucho que ver con el universo de Rolo. Sobre el staff, ¿qué te voy a decir? Luis ha ido creciendo conmigo en casi todo lo que he hecho en los últimos seis años, es muy cómodo trabajar con él porque la comunicación es magnifica, con solo mirarnos ya sabemos lo que funciona y lo que no y de vez en cuando nos sorprendemos yo desempeñando su rol y él el mío. Desde mis últimos borradores Porto era el actor elegido. Por muchas razones por la clase de actor que es, por su mirada, su voz y por su talento claro está. Es un actor que admiraba desde niño aunque el no era ni siquiera cercano físicamente a mi primer Rolo Santos, cuando decidí que era el lo empecé a transformar lo para que se pareciera y entonces todo el que leí el guión coincidía en que el era el ideal, lo describía pasado de peso con mirada de tigre. Con Onelio fue una fructífera experiencia, siempre es bueno sentirse respaldado por alguien como él, al igual que por Nanette y el resto del equipo.
¿Como le contarías la película a un lector futuro espectador?
A Rolo Santos está apunto de derrumbársele la vida, pero un grupo de policías que lo tienen rodeado le inyectan la suficiente adrenalina para terminar su vida como lo que es, un tipo duro…
Los sucesos que se narran en esta película son recreados a partr de lo ocurrido en el Sanatorio “Los Cocos” a finales de los años 80s, pero los personajes no son reales. Sin embargo, el hecho de partir de una realidad concreta influye mucho en la manera en que he emprendido este proyecto, tanto a nivel estético como de producción.
En el plano formal “El Acompañante”, es una película sin artificios, centrada en sus personajes, su drama y el ambiente hostil que les rodea. Una película sobre víctimas, como mis dos anteriores films, pero con otro carácter. Si mis películas precedentes, están caracterizadas por una sofisticación manierista en la puesta en escena, un obvio exhibicionismo de ambientes; recurrencias a limpios movimientos de cámara y limpieza en el montaje; esta es todo lo contrario. El ACOMPAÑANTE es una película SIN ACOMPAÑAMIENTOS. Sin música, cruda, sucia; sin parafernalia técnica rodeando a la cámara o sosteniéndola. Es el retrato de una época anulada, no solo por el cine complaciente de su momento, sino por la prensa y la memoria ciudadana. Una vuelta al desamparo de esos años, al inicio de la debacle de un país.
El tema del SIDA en Cuba está rodeado de grandes mitos y leyendas urbanas. Durante todos estos años han habido opiniones encontradas en cuanto al bien o el mal que pudo haber generado este sistema forzoso de ingreso en una institución sanitaria a cada una de las personas diagnosticadas como portadores del virus del SIDA; pues si bien esta especie de encarcelamiento limitó la vida de los enfermos, a nivel social significó que Cuba sea de los países con menor número de casos de SIDA en el mundo desde entonces. Una de las tantas contradicciones que genera un sistema socio político con características muy particulares. En ese sentido, El Acompañante no es una película que toma partido por una u otra tendencia, como tampoco es condenatoria. Esta película muestra una realidad sin maquillaje para que a partir de ella y su resolución, comiencen los cuestionamientos y cada cual esboce “su verdad”. Toda asociación de ese micromundo que es el sanatorio con el macromundo que es Cuba, como nación, es válida. Toda simbología que quiera arrastrarse a estos personajes del ciudadano Cubano común de esos años, también lo es.
A nivel de Producción, también se distancia de mi experiencia previa. Mis anteriores películas están hechas desde la Industria del Cine Cubano, pues las historias que contaban se insertaban sin dificultad alguna en las premisas de producción de la misma, aún cuando respondieran a poéticas muy personales, por lo que se apeló al trillado sistema de coproducciones entre países (España-Cuba en ambos casos) y cada parte hizo sus aportes. Esta película será producida de manera independiente por no tener la industria de Cine Cubano trazada estrategias para este tipo de films, con las que se pueda tener un nivel óptimo de producción, finalización y distribución. Para ello me apoyaré en “Producciones de la 5ta Avenida”, una casa productora, regida por cineastas Cubanos radicados en Cuba, que tiene como más importante resultado el Film “Personal Belongins” La Película Indie Cubana con más proyección Internacional y mejores resultados.
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Alberto Ramos
Revista Cine Cubano
El año 1958 fue clave en la historia cubana. Durante los últimos doce meses del gobierno de Fulgencio Batista, la ofensiva final de la insurrección liderada por Fidel Castro estremeció al país y, justo en la víspera de año nuevo, precipitó finalmente el colapso del régimen. En este contexto se inscribe el debut en solitario de Pavel Giroud La edad de la peseta, que en más de un sentido puede considerarse un filme de «iniciación en la vida», lo que en inglés ha dado en llamarse coming-of-age film. Primero, porque obrando en consecuencia con las expectativas del género, la trama se concentra en el paso de la infancia a la adolescencia del protagonista, ese interregno al cual alude el término criollo que da título a la película. Segundo, si se considera a su propia circunstancia histórica ( la emergencia de la Revolución Cubana a la altura de 1958 ) como sujeto de una transición. Tercero, en virtud de que el primer largometraje suele identificarse con el arribo a la mayoría de edad profesional de un director, lo que en este caso introduce un matiz reflexivo adicional.
Convendría no subestimar a la segunda de estas razones, que se hace evidente desde un comienzo por lo demás bastante insólito, donde a manera de prólogo aparece un fragmento de una entrevista a Fidel Castro realizada en la Sierra Maestra hacia 1957 por el periodista norteamericano Herbert Matthews. Cuando el líder cubano afirma: «Esto es sólo el principio. [...] La última batalla será en la capital», lo dicho no sólo funciona como puente para ingresar al relato protagonizado por el pequeño Samuel, el cual transcurre precisamente en La Habana, sino que a su vez adelanta un interesante paralelo entre dos instancias implicadas en trayectorias de cambio, vale decir, la historia de Samuel y el metarrelato revolucionario que la suscribe. Tan sólo un año después, en 1958, las tropas rebeldes abandonarán el regazo maternal de las montañas orientales para llevar la revolución a todo el país. Por ese tiempo, Samuel y su madre regresan a la capital y se van a vivir junto a la abuela de aquel. Allí, el chico librará la última batalla de su infancia, en que la imagen inmadura y vulnerable de Alicia, la madre, se ve desplazada por la perspectiva adulta y autosuficiente representada por la abuela Violeta. Curiosa dialéctica la que en ambos casos ubica sus referentes a la distancia de dos o más generaciones. La Revolución impugna medio siglo de vida republicana y se proclama continuadora de José Martí y el independentismo del siglo XIX. Samuel, que compadece a la madre (en un arranque de ingenuidad, llega a proponerle matrimonio) y resiente la ausencia del padre, se vuelve hacia la abuela, cuya figura viene a llenar el vacío dejado por aquellos en la educación sentimental del pequeño.
De cualquier manera, sería ingenuo creer que el inserto documental funciona sólo como valor agregado de la narración en tanto que referencia temporal (para lo cual bastaría con la indicación dada al inicio de «La Habana, 1958»). Estos fragmentos de archivo –si bien breves y aislados– introducen una fisura en el cerrado discurso de la ficción. No sólo contrastan con éste en virtud de las obvias diferencias de textura, color y puesta en escena y cámara entre ambos. Constituyen además «la verdad», cuerpo extraño incrustado en la superficie de una instancia dramática segregada (y por tanto, subsidiaria) desde esa verdad. (El eco de esas marcas en la propia ficción se ubica en las noticias sobre el Ejército Rebelde que se escuchan a menudo por la radio, así como en aquellos intertítulos donde se citan canciones o películas de la época; el último, que proviene del fragmento documental del prólogo, anticipa la trágica confluencia que sellará el destino de Samuel.) Asimismo, el recurso a los intertítulos introduce en el interior del relato un efecto similar, aunque menos intenso, al provocado por las secuencias de archivo. La estructura en episodios precedidos por un título, que remite a una praxis del período silente (hay también algún que otro cierre en iris), imparte ligereza y distancia a la narración a cuenta del carisma de aquella era –nostálgico emblema de la infancia del cine–, lo cual se aviene al espíritu lúdico y la ingenuidad asociados a las historias protagonizadas por niños, recurso que por lo demás está lejos de resultar novedoso.
En una primera aproximación, la película retrata a un chico de diez años cuyo universo afectivo se hace eco de las ensoñaciones románticas, las pulsiones eróticas y las angustias existenciales típicas de su edad. Al respecto, los diversos espacios donde se desenvuelve aquel cumplen roles simbólicos que dan cuenta de sus progresos en materia sentimental. La escuela, el ámbito socializador por antonomasia de la infancia, presenta a Samuel como un desajustado, y junto a los fracasos del chico –así como los castigos que le acompañan–, propicia asimismo los primeros gestos de afirmación (como el escarmiento al condiscípulo, en que un simple lápiz deviene poco menos que un arma homicida). Al universo cerrado y autoritario de la escuela se opone la calle, escenario de las clásicas rebeliones de la edad, de las escapadas furtivas y los placeres prohibidos. En la felliniana secuencia del «televisor», por ejemplo, avistamos a Samuel entre un ruidoso público de colegiales encandilados por la visión de una matrona que ensaya un remedo de strip-tease desde un tablao de fantasía improvisado en el tugurio donde habita. Más adelante es la hija de esta mujer quien lo instruye en los pormenores del arte de besar, segunda estación que concluye cuando Samuel decide implicar en sus maniobras eróticas a las imágenes de los santos que guarda Violeta en su habitación, cómplices involuntarios de un ars amatoria preadolescente practicada con singular dedicación. «Hay muchos tipos de besos», le ha dicho ella, y eso basta para atizar la imaginación del avispado pupilo, fetichista malgré-lui.
En esta concertación de espacios implicados en la metamorfosis de Samuel, el tercer vértice corresponde a la casa familiar. Allí conoce a Nuria, una espléndida modelo que se convierte en la heroína de sus fantasías románticas. Verla emerger desde la portada de una revista ante la mirada extática del chico remite de inmediato al espíritu de los años cincuenta, al impecable universo del confort, del glamour y de lo chic que venden los mass media. Y Nuria, quien además milita en la guerrilla urbana que combate a Batista, es consecuentemente una figura que conecta esa galería de espejismos en que discurre sin mayores sobresaltos la existencia de la clase media habanera con la convulsa realidad que fermenta bajo aquella, y que terminará sepultándolo.
Y de eso se trata en el fondo, de un relato en que la pérdida de la inocencia –una de las marcas más entrañables al género–, se comparte entre una mirada amable y hasta simpática al «mundo de ayer», conseguida a cuenta del candor del protagonista (digamos que es su coartada), y un reverso más sombrío poblado de referencias a la muerte que infiltran toda la narración. La película transcurre entre dos momentos que de hecho vienen a ser sólo uno: la llegada a La Habana de Samuel y Alicia, y la partida de ambos hacia Miami junto al padrastro del chico. A esa suerte de estación de paso que es la ciudad, madre e hijo arriban como dos sobrevivientes que recalan en la desoladora noche de un portal habanero. Después sabremos que el padre quedó atrás, y que el pequeño lo imagina prisionero de una cuarta dimensión habitada por un tren cuyas embestidas alimentan sus terrores nocturnos. De la misma Habana se despide Samuel en un final que se cierra circular e inexorable sobre un mundo que desaparece, arrebatándole esta vez a Violeta. La muerte se asimila al viaje, al movimiento, a trenes y raíles que prefiguran la última imagen, no por familiar menos desgarradora: una lancha que se aleja de la costa habanera dejando un rastro de espuma. De ahí que, en algún momento, Samuel se resista a ulteriores mudanzas: separación, alejamiento, desaparición, no son sino disfraces de la muerte.
Otro tanto puede decirse del beso con que concluyen las lecciones de aquella experta adolescente, momento que visto en retrospectiva resulta premonitorio. Tras una fogosa acometida de la muchacha, que tiene la exasperada vehemencia de un acto de vampirismo, Samuel termina lanzando al agua un pañuelo manchado de sangre. Lo interesante es que el gesto no sólo puede leerse desde el tópico de la virginidad mancillada, sino que funciona como anticipo del destino de la joven, quien muere más adelante de tuberculosis. Por último valdría la pena citar el pasaje en que un alucinado Samuel sigue a Nuria… ¡hasta el cementerio! En el silencio de muerte que invade la necrópolis, propicio a la conspiración y el anonimato, la que emerge ante él es una criatura dulce, evanescente, irreal. Sus ardores dan paso a la sorpresa, la turbación y el arrobamiento ante aquella aparición, que premia su constancia y pone fin a sus sueños de amor con un beso, gesto que en aquel escenario se impregna de un aura decadente, de romanticismo negro.
Más allá de los universales del amor y la muerte, quizá la revelación más trascendental para Samuel sea ese regalo de la modernidad que es la fotografía. Toda su vivencia descansa de inicio en el acto de mirar, y más adelante, en fijar esa mirada desde la cámara; dicho sea de otro modo, de construirse un imaginario. De ahí el esmero con que la dirección de fotografía y de arte de la película tratan de recuperar la visualidad de la época, y el mérito adicional de conseguirlo a partir de un concepto que lejos de enfocarse en lo ornamental o lo museístico, se decanta por la austeridad, por la limpieza de la composición. El mundo de Samuel-el-niño es el de un voyeur compulsivo: lo vemos espiar al resto de la familia, asistir a una emisión del «televisor» erótico, curiosear en las pertenencias de la abuela, apostarse ante la casa de Nuria con la esperanza de verla… Comparado con la agresividad de su mirada, el sonido tiene un desempeño más discreto. No obstante, el tratamiento expresionista de ciertas sonoridades como recurso para trasladar los desbordamientos infantiles de Samuel (la brusca descarga de una tostadora de pan, el golpe seco de una cortadora de papel, la acometida de un tren) apunta a una subjetividad en franca oposición a las tensiones ocultas que recorren la vida familiar y el presente político del país, a los cuales se asocia un perfil más convencional y subalterno del sonido (como es el caso de los comunicados de prensa acerca de las operaciones del ejército rebelde desgranados por la radio).
El acceso de Samuel al mundo de los adultos está presidido por la fascinación de la fotografía. Sus vivencias anteriores, donde ya se advierte una incipiente «lógica de la representación» (la galería de los santos, el vodevil erótico del «televisor», la alegoría onírica del tren de la muerte, el arquetipo de feminidad que encarna la «modelo» Nuria) quedan sublimadas en la pasión por la cámara oscura. Y no por gusto es Violeta quien se encarga de introducirlo en un oficio como la fotografía. Ella es madura, integrada, resistente, activa, dueña de su mundo, racional, emocionalmente centrada, sofisticada y gregaria; en fin, el reverso de Alicia. Desde su primer encuentro con Samuel, establece las reglas de una relación adulta entre ambos: no le gustan los niños, exige que la llame por su nombre, define los límites de su privacidad. A los ojos del chico, ella se identifica con un orden mágico donde entran el cuarto de revelado, los santos, el gato y los anillos de la cuarta dimensión. Es la figura guía, tocada por la gracia del misterio, que prescribe todo rito de iniciación. Lo original en todo esto es que el ingreso a ese orden (que paradójicamente conlleva a su desacralización) tiene como mediador a un arte, la fotografía: en Samuel, la iniciación se verifica como dominio del oficio y de sus códigos secretos por el artista en ciernes. «La realidad necesita unos retoques», le confiesa Violeta a Samuel en algún momento, marcando la distancia entre realidad y representación. Poco después, Samuel aplicará la lección aprendida cuando ironice (con la complicidad de los mayores) acerca de las virtudes mágicas de los anillos de la «cuarta dimensión».
Entregado a la fotografía, un universo autónomo, seguro y maleable que puebla con sus fantasías y frustraciones, Samuel-el-artista no alcanza a crecer lo suficiente para procesar con objetividad lo que sucede mientras tanto más allá del hogar. Aunque es obvio que no hubo tal intención, uno habría querido atribuir el aspecto de la secuencia de archivo que muestra la llegada de los rebeldes a La Habana a la imaginación de un Samuel experto en retocar fotos de estudio. El punto de vista es el de la familia que se asoma a la ventana para presenciar el paso de la caravana triunfante, que irrumpe en sus vidas con la fuerza que le confiere la verdad documental de unas imágenes donde, quizá a cuenta del tiempo transcurrido y de la mala calidad del stock, el color tiene esa cualidad inestable e impostada que recuerda a los filmes coloreados a mano de la época silente.
Al final, luego de que Nuria se revela como la mujer de dos caras que lo «traiciona» con un apuesto barbudo venido de la Sierra Maestra, y los padres deciden marcharse del país llevándolo consigo, Samuel se ve sobrepasado por una realidad que no comprende, pero a la cual es imposible sustraerse, y mucho menos intervenir. Rehén de su edad, vale decir de su tiempo, terminará siguiendo a los padres al exilio. En la despedida de Violeta hay un intercambio simbólico de bienes entre ambos que resume ese tiempo. Los zapatos de Samuel que Violeta llevará consigo hablan de un adiós a la infancia, del camino junto a la abuela que ahora termina; la cámara y una foto (manipulada) de Alicia, Samuel y Violeta que le entrega esta última a aquel refieren al nacimiento de una vocación y a la experiencia inefable del arte. En cuanto a los anillos compartidos por ambos, hay en ellos algo más allá de la mera complicidad: es la promesa de un reencuentro en esa dimensión que pertenece al tiempo insondable del recuerdo y de la muerte. Que Samuel «muere» con la partida queda claro en el paralelo antes apuntado entre el tren del inicio (que interioriza luego en sus pesadillas) asociado a la pérdida del padre, y la lancha en que se embarca hacia Miami, vinculada a su propia desaparición; en la semejanza de las olas que se cierran sobre esa lancha que se aleja y los raíles por donde circula aquel tren de sus sueños autodestructivos. Es la muerte por agua que fascinó a Eliot e hizo comentar a Bachelard: «De la misma manera, cuando se quiera entregar a los vivos a la muerte total, a la muerte sin recursos, se les abandonará a las aguas.»
Con esto, La edad de la peseta se distancia no sólo del radicalismo a ultranza de una épica de vencedores y vencidos, de lealtades y traiciones que marcó en sus inicios al cine cubano de la Revolución, sino además del discurso entre cínico y depresivo de los antihéroes que poblaron nuestra cinematografía a partir de los noventa., dirigiéndose más bien a una zona menos frecuentada, aquella donde se habla de las víctimas, como lo hicieron en algún momento Lejanía (Jesús Díaz, 1985) o Miel para Oshún (Humberto Solás, 2001). Sólo que además de eludir la pesada y cautelosa retórica de la primera y el barato melodramatismo donde a ratos naufraga la segunda, se remonta al estado original que sólo de pasada o por elipsis refieren aquellas obras, vale decir a los antecedentes de la «expulsión del paraíso» (para emplear la notación bíblica) vistos desde la memoria del inocente. Rescatar ese desencuentro raigal entre individuo e Historia (que dicho sea de paso es el argumento teleológico per se del cine cubano revolucionario) desde la metáfora que provee un relato de iniciación ya es razón suficiente para saludar, en La edad de la peseta, otra muestra del excelente desempeño profesional e intelectual del joven cine cubano cuando va quedando atrás la primera década del milenio.
NOTAS
La calle en particular provee una sorprendente pluralidad de significados. En Samuel es escenario de libertad y realización (hacia el final, él se encarga de hacer las entregas a los clientes de la abuela, fotos que en más de un caso han sido procesadas y retocadas por él). Para Alicia evoca su fracaso sentimental y laboral, y en último caso, el encuentro con Ramón, una figura paternal, profundamente conservadora (no olvidar que se trata del clásico emigrante español), a cuyo lado ella se convierte en el sueño de todo burgués: una esposa dócil y dependiente. En otro orden, la calle es vista como el teatro donde opera la lucha clandestina (la escena del cementerio), y luego, como escenario que consagra simbólicamente el triunfo de la Revolución (la entrada de los rebeldes a La Habana en enero de 1959).
No es difícil advertir más de una coincidencia entre La edad de la peseta y Flash, el corto que rodara Pavel Giroud para el largometraje Tres veces dos (2004). En ambos casos es el ejercicio de la fotografía lo que propicia el encuentro entre el héroe y una belleza inefable y fatal a cuyo encanto sucumbe aquel sin remedio, fascinación que a la larga se revela no sólo engañosa sino mortal. El que las dos sean modelos profesionales que viven y triunfan prácticamente en la misma época (fines de los cincuenta y comienzos de los sesenta, respectivamente), sólo hace más excitante la comparación. Por último, y no menos importante, dado que el origen de la obsesión en una y otra historia remite a una imagen (una fotografía), tal parece que la causa de su perdición estriba en abandonarse compulsivamente a las apariencias en una coyuntura donde semejante denuncia de la realidad no admite otro calificativo que el de suicida.
Graduado del Instituto Superior de Diseño. Llega al cine a través del Video Arte. Sus trabajos han sido mostrados en Festivales Nacionales e Internacionales, obteniendo en muchos de estos importantes premios, incluido el Zenith de plata a Mejor Opera Prima en el “ 28 Festival de Cine de Montreal” por el film Tres veces dos, en la que dirige una de las tres historias que lo componen.
Su más reciente película estrenada, La Edad de la peseta, Nominada al premio Goya por la Academia de Cine Española, fue estrenada en la sección Discovery del Festival Internacional de Cine de Toronto y obtuvo Los Premios Coral de Dirección de Fotografía y Dirección de Arte en el XXVIII Festival Internacional de Cine de La Habana, además del premio Glauber Rocha otorgado por la prensa extranjera y el de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Fue seleccionada como la mejor película Cubana del año. En los festivales de Cartagena y Cinesul, obtuvo el premio a mejor largometraje, mientras que en 50th festival Internacional de San Francisco se alzó con el premio Chris Holter de la audiencia. El público también lo premió en Lima y además fue reconocido como Mejor Director en CineCeará 2007, festival en el que este film conquistó también los lauros a mejor Dirección de Arte y mejor música original. En el Festival de Cine de Sta Barbara, Estados Unidos, obtuvo el premio a la mejor película Hispana del Certamen.
Su nuevo proyecto cinematográfico, Omertá, acaba de ser finalizado y ya tiene en su aval el premio coral en la categoría de Mejor Guión Inédito en el XXVII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.
Se encuentra en la fase de desarrollo de su nuevo film, El Acompañante.
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Ricardo Bajo H. De las 24 películas que se han podido ver en la V Muestra de Cine Latinoamericano, dos nos han permitido vislumbrar el pujante y joven cine latinoamericano que, si un “fin”, persigue es el rechazo radical al etiquetamiento y encasillamiento. Paradójicamente, este cine, realizado por treintañeros, intimista, personal, desafiante, extremadamente cinéfilo, honesto, deudor del rock y el cómic, es el que más triunfa en el extranjero, el que más repercusión internacional concita, junto con los grandes “monstruos” del cine latinoamericano, aquellos que sacaron cabeza con una etiqueta, la del “nuevo cine latinoamericano” en los sesenta y setenta.
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Cuban director Pavel Giroud’s feature debut is a sensual confection. Unusual here is that the clichéd vision of 1958 Havana, tipping from decadent dictatorial hubris toward revolutionary possibilities, is stripped of visual operatics and rendered on a far more human scale. Family becomes the stand-in for a country, specifically a family whose mundane dysfunction circa 1958 is mourned as a lost ideal after being torn apart. The “silly age” in Cuba refers to a boy’s emergence from the narcissistic cocoon of childhood into adolescence. Ten-year-old Samuel lives with his single mother and eccentric grandmother
(played with exquisite emotional precision by renowned Spanish actress Mercedes Sampietro), who just might be able to use her magical powers to turn him into a cat. In his grandmother’s house, with its forbidden room, sacred secrets and images of saints, Samuel contends with desire and disillusion, while the outside world shines with the glamour of possibility. In a pivotal scene, Samuel’s mother, yearning for romance and security, reaches out to touch the sublime architecture of a rich man’s shoe, as if material splendor can fulfill her emotional needs. Her transgression leads to a personal compromise that marks
Samuel’s coming-of-age and Cuba’s swift transformation from romantic idealism to harsh reality. With a sensitive directorial touch, atmospheric cinematography and memorable performances, The Silly Age renders provocatively the transformations of coming of age, both for a child and a country.
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The Silly Age – Review Print – Variety.
12/09/2007 06:27 AM
By DENNIS HARVEY
An accomplished feature debut for director Pavel Giroud and scenarist Arturo Infante, “The Silly Age”is a charming coming-of-ager set in 1958 Havana, just prior to La Revolucion. Pic treads familiarstorytelling terrain, but is pleasant and stylish enough to win over auds for accessible arthouse fare. Its novelty these days as a rare salable dramatic feature from Cuba (if one requiring multinational finance) should also open doors, particularly in Spanish-language markets.
Evidently having left the latest in a string of husbands, pretty, flighty but no-longer-young Alicia (SusanaTejera) lands with 10-year-old son Samuel (Ivan Carreira) on the doorstep of the mother she’s barely communicated with. Violeta (veteran Spanish star Mercedes Sampietro) is hardly ecstatic about their arrival.
She informs Samuel “I don’t like children,” and lets Alicia know in no uncertain terms that she’s been adisappointment. Nonetheless, cohabitation is sorted out in the roomy inherited manse where Violeta ekes out a living from the family’s longtime trade: As a photographer who flatteringly retouches B&W portraits with color crayon highlights. One customer is ravishing local film star Nuria (Carla Paneca), who has secret reasons for having private cheesecake photos taken of herself. Already familiar with her face from Alicia’s gossip mags, Samuel falls in deepest puppy-love once he sees the real item.
For all its fabled licentiousness, pre-Castro Havana here is also a prim place where Alicia’s job prospects are dimmed by her status as a multiple divorcee. Luckily, she meets burly, kindly Ramon (Jose Angel Egido), who offers employment at his upscale shoe store — as well as the prospect of yet another husband.
Floundering in school, Samuel finds more compelling pursuits working as Violeta’s assistant, stalkingglamorous Nuria, and getting kissing lessons from the sweet but sickly teenage daughter (Claudia Valdes) of a slum-dwelling prostitute. Only overheard radio snippets and archival docu footage (which bookend the pic) suggest the imminent upheaval of life’s rhythm in Fidel, Che and company’s march toward the capitol.
Script’s core is the predictable, gradual thaw between child protag and not-so-harsh-after-all grandma. If the final impact is less emotionally charged than intended, Giroud and Infante still deserve credit for a restraint that avoids cheap laughs or maudlin sentiment. Instead, they view flawed characters though a deadpan lens, with the odd fillip of outright absurdism.
Adult perfs are very good. Newcomer Carreira is a tad inexpressive, but the pic actually makes good comic use of that in scenes of his blank-faced longing for the unreachable Nuria.
Era is evoked in modest but effective ways, with Vivian del Valle’s sharp production design and Luis Najmias
Jr.’s lensing creating a creamy, pastel vision of the past that’s like a slightly toned-down version of “Far From Heaven’s” retro-delirious color palette. Period pop tunes add soundtrack flavor. Tech package overall is smooth.
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Diana Sanchez
Pavel Giroud’s first feature, The Silly Age, is a quirky, surprising coming-of-age film that will give lovers of Cuban cinema cause for celebration. Giroud demonstrates a talent for creating ambience, as well as for telling a very small, personal story while at the same time commenting on his country’s social and political history.
Havana, 1958, the year that culminates in the triumph of the Revolution. Ten-year-old Samuel (Iván Carreira) has just arrived in town with his recently divorced mother, Alicia (Susana Tejera). They make a striking pair: from their demeanour it seems she is the child and he the adult. They take up residence in the house of his eccentric grandmother Violeta (Mercedes Sampietro), and Samuel is introduced to a new, mysterious world: Violeta’s house has rooms where entry is prohibited and cupboards filled with images of the saints.
The relationship Samuel develops with his grandmother is quite singular. At first it is strained – she is annoyed that she hasn’t heard from her daughter in five years and she is not used to having a child in the house. But she soon discovers a kindred spirit in her grandson, and he begins to help her and eventually overtakes her in her craft as a portrait photographer – an activity that leads to his first experiences with love and with death.
The palette of this expertly shot film is rich and varied; it seems that the same care that Samuel and Violeta take increating their portraits goes into the film’s artistic direction. Giroud is able to recreate the past through very subtle, finely tuned details like Alicia’s wardrobe, reminiscent of Wong Kar-wai’s In the Mood for Love. The mysterious world that is only possible in a child’s imagination is brought to life on screen: a dark room becomes a chamber of secrets, a doctored photo left on Samuel’s bedside table becomes proof that Violeta can turn him into a cat. Wistful and nostalgic, The Silly Age signals the emergence of a new, creative talent capable of meshing many contrasting themes in order to evoke a time long past.
© 2006 Toronto International Film Festival Group. All rights reserved. Box Office: (416) 968-FILM
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PREMIOS GOYA 2008
Nominada a Mejor Película Extrangera de Habla Hispana
TORONTO 2006
Sección Discovery
LA HABANA 2006
Mejor Fotografía
Mejor Dirección de Arte
Premio Glauber Rocha
Premio UNEAC
CARTAGENA 2007
Mejor Película
SAN FRANCISCO 2007
Premio Chris Holter de la Audiencia
CINE CEARÁ 2007
Mejor Director
Mejor Música
Mejor Dirección de Arte
CINESUL, RIO DE JANEIRO 2007
Mejor Película
LIMA 2007
2do Premio del Público
SANTO DOMINGO 2007
Mejor Actríz (Mercedes Sampietro)
Premio Especial del Jurado
MÈRIDA 2007
Mejor Guión
Mejor Actor (Iván Carreira)
CERO LATITUD, ECUADOR 2007
Premio del Público
MUNICH 2007
Sección Oficial
WASHINGTON 2007
Sección Oficial
MAR DEL PLATA 2007
Sección Latinoaméricana
PREMIO CARACOL DE LA UNEAC
Mejor Película
Mejor Director
Mejor Edición
Mejor Fotografía
Mejor Música Original
Mejor Vestuario
Mejor Maquillaje y Peluquería
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| María Cristina / Especial para En Rojo | |
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El gran atractivo del filme cubano La edad de la peseta es precisamente que no trata de parecerse a ese otro cine, ya sea el “mainstream” o el que se mercadea como cubano en Europa y otros lugares del mundo.
Recientemente releí el ensayo de Teshome Gabriel, “Towards a Critical Theory of Third World Films” publicado originalmente en 1989. Su tesis principal es que lo que define al cine del entonces llamado Tercer Mundo (hoy países en desarrollo) es su manejo del tiempo y el espacio. Mientras el cine comercial tiende a enfatizar el tiempo, este otro cine recrea múltiples conceptos de espacio. Esto se logra con el plano general, el corte transversal, el plano detalle, las vistas panorámicas y el concepto del silencio. El gran atractivo del filme cubano La edad de la peseta es precisamente que no trata de parecerse a ese otro cine, ya sea el “mainstream” o el que se mercadea como cubano en Europa y otros lugares del mundo: movimiento rápido de sus actores, diálogos continuos, disputas incesantes entre muchos en tono candente y vocabulario cortante, desnudos de mujeres– especialmente de mulatas-, movimiento incesante de cuerpos ya sea en el baile, el caminar o teniendo sexo y colorido intenso. El tempo lento, casi detenido, la humedad del ambiente y la inserción de la radio como elemento influyente en las vidas de los personajes de este filme me recordó la excelente adaptación de la novela de Clarice Lispector, La hora de la estrella, dirigida por la brasileña Suzana Amaral. En La edad de la peseta el niño de diez años que juega entre la niñez y la adolescencia es nuestro guía en un mundo que para él es nuevo, confuso, frustrante y lleno de experiencias enriquecedoras. A través de él conocemos no solamente a la madre divorciada, la abuela intransigente y cascarrabias, la mujer de sus sueños sino también una Cuba a punto de cambiar irreversiblemente. En este año de 1958, Samuel y Alicia llegan a la casona habanera de la abuela. La bienvenida es muy fría y todo parece estar prohibido dentro de esta casa tan ajena. La escuela de curas es un lugar de rivalidades y alianzas temporeras. Los personajes se emplean tomando y retocando fotos, mecanografiando (como en La hora de la estrella), vendiendo zapatos y otros quehaceres que le permiten proveerse lo necesario en tiempos turbulentos que todos parecen tratar de ignorar, o desmentir o falsear. Para Alicia, con su impecable vestir de mujer seductora, ir a entrevistas para conseguir empleo, ir al cine para llorar con un dramón, tomar un trago para olvidar sus penas y frustraciones, lo importante es conseguir una seguridad emocional y económica. Para conseguirlo jugará su baraja de “damsel in distress” y así asegurarse un buen matrimonio. Para Samuel, con sus silencios y figura casi borrosa, la casa de la abuela es el laberinto que se empeña en explorar con sus altares de santos y cuartos vedados. Para la abuela es un desafío el convivir con su hija nuevamente y lidiar con un niño grande que apenas conoce. El filme tiene una impecable ambientación con el Radio Reloj que da la hora, las noticias del momento que deciden informar, la música popular, los anuncios y sus jingles. A esto se les añade los diseños arquitectónicos de exteriores e interiores de edificios y casas, los autos casi de showroom que transitan por las calles de La Habana y el vestuario tanto femenino como masculino con todos sus detalles. Ésta es La Habana de Jesús Díaz en Los años duros y de Mayra Montero en Son de Almendra. Y aunque el pietaje que aparece al principio del filme de una entrevista con Fidel hablando en inglés en la Sierra Maestra parece muy distante de la cotidianidad de la historia es indicio de la turbulencia que se conoce pero se ignora por una gran parte de la población. Son estos mismos ciudadanos comunes los que se unirán a los miles que recibirán a Fidel y los Barbudos en su entrada a La Habana el 1ero de enero de 1959. Sin duda el personaje de la abuela es central a toda la historia pero no como protagonista sino como facilitadora para Samuel en esta etapa pre-adulta, consejera y confidente de vecinas y conocidos, tejedora de sueños a través de sus fotos, preservadora de una historia cambiante en el exterior pero sólida y estable en el interior. Su aparente rigidez– frente a la flexibilidad de Alicia que puede ir de relación en relación– es el ancla que Samuel necesita en esta etapa de cambio de vivienda y escuela. De no permitir que Samuel invada ni una pulgada de su privacidad a convertirlo en su asistente es la evolución emocional y física de una abuela y un nieto. Es un enlace que nunca se romperá no importa la lejanía ni la superación de la edad de la peseta. La escritora cubana radicada en los Estados Unidos, Cristina García, también dramatiza en su novela Dreaming in Cuban ese lazo entre estas dos generaciones en la historia de Pilar y su abuela Celia. Alicia, por su parte, parece estar flotando entre relaciones y lo apuesta todo– especialmente ese cuerpo y esa cara que cuida demasiado– para conseguir el hombre que le traiga estabilidad y seguridad a su familia. Alicia se presenta desde el principio como una madre muy afectuosa pero más que nada la vemos como una Emma Bovary que cree que cada hombre que conoce será su salvación de una vida de soledad y aburrimiento. La edad de la peseta también presenta cómo la familia decide separarse porque unos prefieren irse a los Estados Unidos que estar bajo el tutelaje soviético y otros se quedan porque Cuba es su hogar no importa qué. La despedida parece marcar una separación breve, máximo de tres a seis meses, y por eso la partida no es desgarradora pero sí dolorosa. Las noticias de la Revolución que se acerca se recogen en algunas transmisiones de radio de onda corta, comentarios, rumores, conversaciones inconclusas y hojas sueltas en la calle. A los diez años se escuchan muchas cosas pero lo que más le afecta es el ver cómo la mujer de sus sueños se disuelve en los brazos de un Barbudo. Y mientras vemos el auto que lentamente lleva a Samuel, Alicia y su nuevo esposo a la embarcación que los llevará a la costa de los Estados Unidos, queda en nuestra memoria Fidel hablando en inglés, los Barbudos entrando a La Habana y una mujer que queda en la casa de su pasado que transforma en presente como miembro de una comunidad dispuesta a incorporarse a los cambios que se avecinan. |
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Yinett Polanco • La Habana |
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Acabo de ver La edad de la peseta y lo primero que se me ocurrió pensar al salir fue: es una película de Pavel Giroud y Arturo Infante. Parece verdad de Perogrullo, para saber eso bastaría con leer los créditos, pero no es a algo tan obvio como los créditos a lo que me refiero, sino a la marca de cada uno de estos realizadores impresa en el filme. Es imposible ver esta película sin remontarse a Flash, el primer cuento de Tres veces dos y caer de lleno contra las constantes que asedian (¿consciente o inconscientemente?) a Pavel Giroud: la cámara fotográfica presente en toda la historia, casi a modo de hilo conductor; la modelo de “belleza incuestionable”, como él mismo la ha llamado, que obsesiona al protagonista; el interés por la Habana de los cincuenta, de la cual ha logrado en este caso una reconstrucción perfecta -tanto más loable si se tiene en cuenta que se obtiene sin sumas astronómicas de dinero y sí a partir de pequeños detalles o ángulos de cámara inteligentes. También se aprecia en la película la obvia influencia del video clip en la estructuración y edición de la historia -tema que le concierne tanto a él como a Léster Hamlet, encargado del montaje del filme- y finalmente está el hecho de preferir a actores no profesionales como protagonistas, lo cual le dio buen resultado en Flash, pero le ha salido extremadamente bien en La edad de la peseta. La actuación del niño Iván Carreira sorprende por su naturalidad y frescura, del desempeño de este pequeño aficionado deberían aprender unos cuantos actores profesionales y supuestamente consagrados, al menos en cuanto a sensibilidad artística y versatilidad histriónica se refiere. Para Pavel queda el mérito en primera instancia de la selección y en segundo lugar que gracias a su dirección, Samuel fuera un niño completamente creíble y real. Pero esta historia no es de Pavel, es decir, el guión no es de su autoría. Y es allí donde está la marca indeleble de Arturo Infante. Ya una vez en un comentario sobre la obra de Arturo dije que a pesar de su juventud, esta era imposible de confundir, el hecho de que en un guión escrito hace tanto tiempo ya estuvieran las claves de su quehacer posterior, me demuestra que estaba en lo cierto. De Arturo es ese humor, muchas veces irónico, que se encuentra en la película, humor que se aleja del gags gastado o la situación que reclama la estrepitosa carcajada -presente en buena parte del cine cubano sobre todo de los noventa- para acercarse a la sonrisa cómplice que pone en juego las competencias cognitivas del público. De Arturo es también la capacidad de armar una historia pregnante con pocos personajes y dejar entrever debajo de una trama aparentemente sencilla todo un mundo de subtextos y marcadores de segundas y terceras lecturas. La relación director-guionista entre Pavel Giroud y Arturo Infante fue la un perfecto matrimonio según han declarado ambos. La química existente entre ellos garantizó la calidad del filme a pesar de ser para los dos su primer largometraje. Sin embargo, a pesar de esta magnífica simbiosis, el estilo de cada uno es tan definido que puede fácilmente reconocerse el aporte de cada quien a esta película. En una generación de cineastas jóvenes, por desgracia signados muchas veces por ser más de lo mismo, los nombres de Pavel Giroud y Arturo Infante (junto con dos o tres excepciones más por supuesto) podrían citarse como parte del selecto grupo que ha conseguido hacerse de un verdadero estilo propio. La edad de la peseta es la mejor muestra de ello. |
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ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu
Presentada en premier por el Día de la Cultura Cubana, La edad de la peseta tendrá su estreno dentro de unas semanas, en el Festival del Nuevo Cine, pero desde ya debe conocer el espectador que se enfrentará con una bonita película.
Se sabe que lo de “bonito” se presta para una interpretación ambigua y que en los dominios de la alta estética al término se le deglute con sospechas y hasta aversión por lo mucho que de trampa sensitiva puede acarrear. Pero hay que rescatar el concepto y limpiarlo de prejuicios para calificar el filme de Pavel Giroud, una historia que además de bien realizada es bonita porque ilumina, sin artificios, esas zonas confluentes del sentimiento y la razón en la que, para entrar, se requieren llaves precisas.
La trama pareciera simple: estamos en el año 1958 y tras cinco años de peregrinaje, una madre regresa al hogar materno trayendo de la mano a un hijo de diez años con padre desentendido. De los encontronazos del niño con una abuela fotógrafa, tan misteriosa como autoritaria, trata buena parte del filme. Pero por suerte es mucho más que eso, porque recurriendo a componentes artísticos de toda índole, se ofrece el pulso de una época y las motivaciones de unos personajes perfectamente trazados y que llegarán, mediante elipsis elaboradas hacia los finales, hasta los dos primeros años de la Revolución.
Mundo de revelaciones humanas, sociales y hasta políticas, recurriendo no pocas veces a sutiles subrayados y que sin carecer de gracia, le da el esquinazo al fácil sainete.
El título predispone algo porque puede pensarse que vamos a encontrarnos con el clásico “niño pesao” haciendo de las suyas en una etapa que muchos padres prefieren recordar menos. Pero lo cierto es que casi todas las sonadas reacciones del niño responden más a lógicas respuestas (el padrastro que se le quiere imponer, el condiscípulo que lo agrede, la abuela “malévola”, la madre buena, pero insegura, el “vámonos, que esto es comunismo”), que a una conducta indócil.
Algo que, parafraseando a Arturo de Córdova (intérprete de tantas películas “bonitas” desde otras perspectivas) “no tiene la menor importancia”. Pero más que estar en la edad de la peseta, el niño de la película se encuentra en ese tránsito en que, sin perder la ingenuidad, se descubren demasiados mundos paralelos, como son la fantasiosa cuarta dimensión —propicia para un entendimiento y con tantos significados, que le ofrece la abuela— y la llegada del amor imposible, recreada con mágica composición a partir de la presencia de Carla Paneca.
Estimula ver la factura técnica con que está concebida La edad de la peseta y el esfuerzo de sus realizadores para desmarcarse con originalidad de lo recurrente. Al guión de Arturo Infante, en un tema que no es nuevo y que de alguna manera ha sido saboreado lo mismo por Truffaut (Los cuatrocientos golpes), que por Fellini (Amarcord), hay que unirle la fotografía de Luis Najmías, con sugestivos ángulos y aliento de época, empresa en la que resulta determinante la dirección artística y el maquillaje. Aquí está La Habana de los cincuenta con algunos de sus “valores” resaltados sin estridencias, como esa mujer que por ser divorciada es discriminada y no encuentra el trabajo que pretende. Una Habana que sin reconstruirse en grandes decorados, acudiendo más bien a locaciones mínimas, los que la conocieron —que no es el caso de los realizadores— la identifican y la sienten.
La española Mercedes Sampietro, como la abuela, cuenta con la fuerza necesaria como para devorar ella sola la película. Iván Carreira, sin tener que actuar con todas esas caritas y muequitas que a veces lastran el desempeño de los niños actores, está acorde con la candidez que lo espolea. Pero lo que para este cronista constituyó la gran sorpresa, fue el desempeño de Susana Tejera como Alicia, la madre del niño. Personaje de época, rico en matices, variable y emocional, la actriz regala una de las actuaciones femeninas más convincentes vistas en los últimos tiempos en el cine cubano.
Cine nuestro en coproducción, La edad de la peseta es una prueba de que se puede realizar una excelente película sin dejar el pellejo de lo creativo y auténtico en los altares de las concesiones.
Los espectadores la disfrutarán en el próximo Festival, y entonces habrá que volver sobre ella.
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SERGIO MONSALVE. Septiembre 21, 2007
Por lo general, tópicos como la revolución castrocomunista, la nostalgia por la Habana vieja, la pasión ciega por la cultura antillana y la reivindicación de sus orígenes sociales, son dignos de la mayor sospecha. Cuando no se les explota para ocultar verdades incómodas a través de biombos cursis, se les utiliza para justificar propagandas políticas encubiertas de buenas intenciones. Y nunca falta un largometraje superficial presto a sacarles provecho, de manera oportunista al amparo del ICAIC. Por fortuna, nada más apartado de la cuarta dimensión de “La Edad de la Peseta“, un esmerado trabajo cubano en las antípodas del panfleto mentiroso, maniqueo y retroprogresista al uso.Si usted es de izquierda, compre la entrada con confianza, porque no se va a decepcionar. Si usted es de derecha, pues le recomiendo dominar sus prejuicios y atreverse a experimentar una ilusión vital distinta a la habitual y diferente a la monocorde oferta de la meca. Si usted es de centro, como yo, lo invito a desentrañar el significado de una película redonda y llena de momentos logrados, capaz de erigirse en espejo de la Caracas de hoy, con sus divisiones, fragmentaciones y acontecimientos en pleno desarrollo. La Ficha Técnica “La Edad de la Peseta” sorprende a propios y extraños. No parece la segunda empresa de un cineasta joven, sino la cúspide estética de un autor maduro nacido en el continente. Es más, cientos de autores latinoamericanos pasan a retiro, sin si quiera rozarle los talones a Pavel Giroud, especie de alumno aventajado egresado de la Escuela de San Antonio de los Baños. Su lente denota una rigurosa habilidad para la composición de encuadres pictóricos, influidos por la corriente clásica. A primera vista, se le puede rechazar por exquisito y antiséptico, e incluso por imbuir su atmósfera de un aire artificial cercano al de las postales turísticas. Sin embargo, su propuesta fotográfica tiende a justificarse en cuanto “La Edad de la Peseta” busca ilustrarse como una remembranza onírica, como una evocación subjetiva reconstruida por la mente de un niño de diez años, sometido a los estímulos de las tapas de revista de la época. De ahí, la inclinación de la luz por emular el color sobrecargado de los antecedentes y equivalentes a las Variedades y Cosmopolitan del actual reino kitsch. Además, el realizador se muestra solvente en la planificación de climas de tensión y en la dirección de actores profesionales y amateurs. De hecho, el chico Iván Carreira amenaza con eclipsar, por ratos, las impecables contribuciones de Susana Tejera y Mercedes Sampietro, en clave de chicas deslenguadas, independientes y al borde de un ataque nervios. Paralelamente, la herencia de Almódovar se detecta en el deleite por el fetichismo erótico, en el amor por el estilo neonoir, en la obvia sensibilidad feminista y en el sentido del humor negro, verbalizado por acotaciones mordaces. Todo menos un cascarón vacío. Pequeña Revancha “La Edad de la Peseta” habla del fin y del principio de una etapa en la historia cubana. El contexto es el Vedado de 1958, a días de la victoria definitiva del Ché en la Habana. Tres almas de clase media son los personajes principales de semejante relato de iniciación, filtrado por los ojos de un muchacho carente de afecto. Su visión lúgubre y atormentada, permite comprender la incertidumbre de un entorno desmembrado ante los cambios por venir. Cualquier parentesco con el Sergio de “Memorias del Subdesarollo”, no es mera coincidencia. Su enfoque melancólico rehuye del optimismo dulzón, para aproximarse a la dureza del descubrimiento de la eterna soledad. En su abuela, reconocerá a una aliada y a un ejemplo a seguir. Luego de superar el miedo y aceptar su destino en el exilio, posiblemente su único refugio radique en la posibilidad de soñar con un futuro ideal. He aquí, entonces, un resumen arquetípico del país del caribe, todavía fracturado por la memoria desgarrada.



por Aday del Sol Reyes
“Ulises es de esos músicos que no crea desde la propia música, su universo es más amplio. El resultado de su trabajo es consecuencia de la relación que tiene con las otras artes. Entiende el valor de la música como parte de la banda sonora y que lo más importante es la secuencia globalmente. Quizás un tema musical que funciona muy bien en una escena, tiene muy poco valor si te sientas a escucharlo en un disco y eso no todo músico es capaz de comprenderlo.